
Por supuesto llevabamos encima una radiografía de un esguince de tobillo y unas gafas de 3D azules y rojas para poder ver el fenómeno a través, como sabeis, la luz lunar mezclada con luz del planeta rojo produce efectos catastróficos en la visión humana. Y que yo sepa, todavía soy humano.
Como creí que las luces de la ciudad nos impedirían contemplar y disfrutar de tan extraño e insólito fenómeno, arrancamos el coche, encendimos la radio y nos pusimos en marcha hacia un lugar oscuro y confortable.
No nos explicamos por qué, pero de repente estabamos perdidos en una carretera sinuosa en medio de la nada, la emisora empezó a coger interferencias y una intensa luz amarilla con destellos rojos se colocó enfrente de nosotros. Asustados, paramos el coche en seco y nos colocamos las gafas y la radiografía delante de los ojos.
Las luces eran cada vez más fuertes, una silueta comenzó a acercarse, aunque la verdad, no tardamos demasiado en darnos cuenta de que se trataba de una pareja de Guardias Civiles en un control de alcoholemia. Inicialmente no se creían que fuesemos sobrios, luego, después de dos horas solo me multó a mi por llevar las gafas 3D puestas.
Ya eran las 3 de la madrugada, nos habíamos perdido la gran noche y desolados decidimos volver a casa.
De vuelta, encontramos una heladería a un lado de la carretera, hacía tanto calor... evidentemente solo me pude tomar yo el helado de cocido (mmm...), no hace falta decir que 9 de cada 10 ginecólogos prohíben a las mujeres comer helados durante sus periodos menstruales.
La heladera, una viejecilla berrugosa y muy simpática, nos recomendó
coger un atajo, echamos un vistazo al camino de cabras y nos pareció
buena la idea de llegar antes a casa, antes de despedirnos se fue
corriendo por la carretera con una risilla muy graciosa.Seguimos la marcha, después de 78 kilómetros por camino de piedras el alba nos indicó que ya estaba amaneciendo, cuando de pronto allí estaba, sí, era ella, en la cuneta, con su camisón blanco hasta los pies y esa inconfundible cara pálida, era ella: la chica de la curva.
La montamos en el coche, y... y... está bien, lo contaré...
No, no era la chica de la curva si no la Duquesa de Alba que salía a pasear como cada mañana por su pazo.
Por eso, amigos, yo ya... NO ME CREO NADA.

O SÍ.
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